miércoles, 6 de abril de 2011

Memoria

Todos los domingos, en la iglesia, a las siete de la mañana. Era estar todos los domingos en la iglesia a las siete de la mañana. Yo estaba acostumbrada a ir, vestirme bonito, ingresar entre las mismas paredes blancas, prácticamente ver a los mismos niños jugar y los mismos adultos hablar de la misma cosa. Dos horas, un dulce y regresar a casa.
Recuerdo una vez, cuando tenía seis o siete años, un domingo que mis padres se debían de quedar en la iglesia durante dos cultos. Como siempre, me dejarían con otros niños en la escuela dominical. Pero había un inconveniente, dos cultos, cuatro horas, era una dosis demasiado grande para una personita como lo era yo. O simplemente no quería entrar otra vez a la clase, el segundo culto siempre era aburrido, no me gustaba la gente, cambiaban maestros pero las palabras eran siempre las mismas. A mi mamá no le cabía la idea de que yo me negara a compartir con otros infantes y recibir de la Palabra de Dios, era imposible, algo conflictivo debía estar pasando dentro de su hija. Yo, en cambio, con mi gran teología, tenía razones muy simples: no quería quedarme. Punto. No iba más allá del reprise de la primera jornada, y marginarme porque no conocía a los niños del segundo culto (y no me iba a molestar conociéndolos, sabiendo que los siguientes domingos que regresase a la normalidad no los iba a ver).
Más una sabia amiga de mi madre, ¡Oh, gran Freud 2.0! sugirió que, así como su hija adoptiva se negaba a ir a la escuela de la tarde porque otras niñas la acosaban, era definitivo que conmigo pasaba lo mismo. Esa lógica me superaba en credibilidad, tomando en cuenta que se trataba de un pensamiento de los omniscientes y poderosos adultos, ¡calle el mundo ante ellos!
Y, pues, ¿para qué desilusionarla? ¿qué más podía hacer más que darle la razón? contradecirla no sería un error, porque los adultos nunca se equivocan. Comenzar a llorar, hablar de cómo la siniestra hermana Mayrita me gritaba siempre que yo respondía, y cómo era doloroso recibir castigo de un "mentor", ¡Oh, Dios! ¡Qué tragedia! ¡Qué desgracia! ¡Pobre niña!
Jamás lo rectifiqué. Porque al fin y al cabo, yo era una pequeña y santa mártir incapaz de mentir.